- Las autoridades rusas endurecen los bloqueos a Telegram hasta hacerla casi inaccesible sin VPN.
- El jefe de Rostelecom afirma que WhatsApp “está muerto” y Telegram “está muriendo” en Rusia.
- El Estado impulsa la app MAX, que ya supera los 100 millones de usuarios registrados.
- Usuarios migran a alternativas extranjeras y denuncian un internet ruso más controlado y menos global.

La situación de Telegram en Rusia atraviesa uno de sus momentos más delicados. Lo que durante años fue la aplicación estrella de mensajería en el país, con decenas de millones de usuarios, se ha convertido ahora en el centro de una ofensiva de bloqueos, causas penales y acusaciones cruzadas entre el Kremlin y su fundador.
El debate no se limita solo a la tecnología: detrás de la frase de que Telegram “está muriendo” late una pugna mucho más amplia sobre el control de internet, la vigilancia estatal y el empuje de nuevas plataformas nacionales como MAX, que amenazan con cambiar para siempre el ecosistema digital ruso.
“WhatsApp está muerto y Telegram está muriendo”: el aviso desde Rostelecom
El punto de partida de esta nueva polémica fueron unas declaraciones de Mijaíl Oseevsky, presidente de la operadora estatal Rostelecom, realizadas al margen de un congreso empresarial ruso. Según el directivo, el tráfico de WhatsApp en Rusia es hoy “prácticamente inexistente”, hasta el punto de que, en sus palabras, la aplicación de Meta “está muerta”.
Oseevsky añadió que Telegram se encuentra en una pendiente similar: aseguró que la plataforma de Pavel Durov “está muriendo ahora mismo”, en referencia a la fuerte caída de uso y a los obstáculos técnicos que sufren los usuarios para conectarse sin recurrir a herramientas adicionales.
Estas afirmaciones no describen un cierre oficial decretado por ley, sino que reflejan el efecto acumulado de las restricciones y bloqueos que las autoridades rusas han ido imponiendo sobre los servicios de mensajería extranjeros en los últimos años.
En paralelo, medios locales e independientes coinciden en que, aunque no hay un apagón público anunciado paso a paso, el acceso efectivo a Telegram se ha deteriorado drásticamente, lo que en la práctica está vaciando de usuarios la aplicación dentro del país.
Bloqueos, VPN y un internet cada vez más controlado
Uno de los elementos clave en esta crisis es el uso creciente de bloqueos de internet y limitaciones selectivas por parte de las autoridades rusas. En los últimos meses se han registrado cortes prolongados en ciertas zonas, especialmente en Moscú, donde algunos informes hablan de interrupciones de hasta tres semanas.
En este contexto, distintos medios rusos habían anticipado que Telegram podría ser bloqueada de forma casi total a partir del 1 de abril. Aunque la medida no se ha explicitado con un gran anuncio oficial, la realidad que describen usuarios y periodistas es que la app ya resulta inaccesible para muchos sin el uso de redes privadas virtuales (VPN).
El Gobierno justifica estos pasos alegando la necesidad de reducir el uso de Telegram para el reclutamiento de personas con fines delictivos, desde estafas hasta delitos más graves. Sin embargo, organizaciones y voces críticas consideran que se trata, sobre todo, de una estrategia para reforzar el control sobre el flujo de información y reducir la presencia de canales independientes.
Este no es el primer choque entre el Estado ruso y Telegram. En 2018 ya se intentó bloquear la plataforma, pero la ofensiva fracasó y, dos años después, las autoridades terminaron reconociendo que no habían conseguido su objetivo. Ahora, sin embargo, el despliegue de nuevas herramientas de filtrado y la experiencia acumulada han hecho que el cerco sea mucho más efectivo.
MAX, el “WeChat ruso” que gana terreno
Mientras Telegram y WhatsApp pierden presencia, el gran beneficiado de este escenario es MAX, una aplicación de mensajería y servicios integrada impulsada por el Estado, a la que muchas autoridades y medios progubernamentales presentan como la alternativa segura y “patriótica”.
Oseevsky destacó en sus declaraciones que MAX “está creciendo” a buen ritmo. Los datos oficiales apuntan a más de 107 millones de usuarios registrados, una cifra que ya se sitúa a la altura de los niveles que Telegram alcanzó en sus mejores tiempos dentro de Rusia.
El funcionamiento de MAX recuerda en parte al modelo de WeChat en China: no se limita a la mensajería, sino que integra pagos, servicios administrativos, interacciones con organismos estatales y otras herramientas, lo que refuerza su papel como plataforma central en la vida digital de los ciudadanos.
Críticos y activistas, por su lado, temen que esta concentración de servicios en un entorno controlado por el Kremlin facilite tanto la vigilancia masiva como la censura política, al tener al alcance de un único sistema buena parte de la actividad digital cotidiana de millones de personas.
Telegram bajo causa penal y acusaciones de censura
El fundador de la plataforma, Pavel Durov, se ha convertido en una de las voces más críticas con la deriva regulatoria del Kremlin. Telegram, que ha ido incorporando funciones como salas de voz, tras abandonar Rusia hace años por conflictos relacionados con la censura y trasladar la base de operaciones de Telegram a Dubái, el empresario se enfrenta ahora a una causa penal abierta en su contra.
Según Durov, las autoridades rusas están restringiendo deliberadamente el acceso a Telegram para forzar a los usuarios a migrar hacia MAX, una herramienta que, en su opinión, ha sido creada con fines de vigilancia y control político de la población.
El empresario acusa al Gobierno de atacar de forma sistemática la libertad de expresión, persiguiendo canales críticos, penalizando la difusión de información no alineada con la narrativa oficial y utilizando los bloqueos como palanca de presión sobre las plataformas que se resisten a colaborar.
Esta lectura es compartida por numerosos medios independientes y organizaciones de derechos digitales, que llevan tiempo alertando de la construcción de un ecosistema de internet “soberano” cada vez más desconectado del entorno global y sometido a un férreo control institucional.
Movilización social y límites a las protestas
Las restricciones no solo han afectado a la esfera tecnológica, también han tenido eco en la calle. En varias ciudades, incluida Moscú, se han convocado protestas contra los bloqueos de internet y el cierre de servicios de mensajería como Telegram, considerados fundamentales para el acceso a información alternativa.
Sin embargo, la respuesta de las autoridades ha sido contundente. Dos estudiantes fueron condenados a 15 días de arresto administrativo por participar en una acción considerada no autorizada en el centro de la capital, según recogieron medios locales.
El Ministerio del Interior ha advertido de la posible responsabilidad administrativa y penal de quienes acudan a manifestaciones no aprobadas, especialmente aquellas relacionadas con las políticas de censura digital y los cortes de conectividad.
Además, se han prohibido expresamente movilizaciones en ciudades clave como Moscú y San Petersburgo, donde partidos y organizaciones habían solicitado permiso para protestar contra los bloqueos de internet y de aplicaciones de mensajería populares. De este modo, la contestación social se ve doblemente limitada: en la red y en la calle.
Fuga de usuarios y alternativas en el extranjero
Ante el cerco a Telegram y la práctica desaparición de WhatsApp del mapa ruso, muchos usuarios se han lanzado a buscar refugio en otras plataformas, intentando mantener la comunicación con familiares, amigos y contactos profesionales dentro y fuera del país.
Una de las grandes beneficiadas de esta situación es KakaoTalk, aplicación surcoreana que ha escalado posiciones en las tiendas de apps rusas. En la App Store se ha situado como una de las cinco más descargadas, mientras que en Android ha pasado en pocos días de no figurar entre las cien primeras a ir ganando visibilidad.
Más allá de ser un simple chat, KakaoTalk funciona también como superaplicación con servicios de pagos, transporte y trámites, algo que la acerca al modelo que Rusia intenta consolidar con MAX, pero bajo un paraguas empresarial extranjero.
De momento, muchos usuarios rusos aseguran que la app surcoreana funciona sin restricciones relevantes dentro del país, aunque su uso suele combinarse con VPN para sortear barreras a otras plataformas y navegar con mayor libertad por la red.
Obligaciones legales y el marco regulatorio ruso
El giro regulatorio en Rusia no solo afecta a las plataformas nacionales, sino también a aquellas extranjeras que desean operar de forma estable. Servicios como KakaoTalk están inscritos en el registro de Roskomnadzor, el regulador estatal de comunicaciones.
Esta inscripción implica que las compañías deben almacenar durante seis meses los datos y comunicaciones de sus usuarios y estar preparadas para suministrarlos periódicamente a las autoridades si así se les requiere, en línea con la normativa rusa sobre retención y acceso a la información.
El registro también supone aceptar una serie de exigencias técnicas y legales que, en la práctica, facilitan la supervisión estatal de las comunicaciones digitales. Para algunos usuarios, esto convierte a estas aplicaciones en soluciones de compromiso, útiles para el día a día pero lejos de ser espacios totalmente privados o seguros.
A todo ello se suma que el uso masivo de VPN se ha normalizado en Rusia desde el inicio de la invasión de Ucrania en 2022, cuando comenzó una campaña sistemática de bloqueo de webs, redes sociales y servicios extranjeros. Telegram, según diversos informes, ha sido una de las principales víctimas de esta estrategia.
Un internet ruso cada vez más aislado del resto del mundo
La combinación de bloqueos, apps nacionales reforzadas, presión legal y causas penales contra figuras visibles del sector dibuja un escenario en el que el internet ruso se vuelve progresivamente menos global y más cerrado. Las grandes plataformas internacionales ya no operan en igualdad de condiciones y, en muchos casos, han sido relegadas a un uso residual.
Frases como que “WhatsApp está muerto” o “Telegram está muriendo” retratan algo más profundo que la caída de dos aplicaciones concretas: apuntan a la transformación de la red en una infraestructura fuertemente supervisada, donde el espacio para la comunicación libre se reduce.
Para Europa y, en particular, para países como España, este proceso sirve como ejemplo de hasta qué punto la regulación y la geopolítica pueden moldear el ecosistema digital. Mientras en la UE se avanza en leyes centradas en la competencia, la moderación de contenidos y la protección de datos, el modelo ruso enfatiza el control estatal directo y la sustitución de servicios globales por alternativas internas.
Al final, lo que sucede con Telegram en Rusia muestra cómo una plataforma que nació como símbolo de comunicación libre y resistente a la censura puede verse arrinconada cuando se enfrenta a un aparato estatal decidido a controlar la información. Entre bloqueos técnicos, auge de MAX, nuevas apps extranjeras en auge y protestas limitadas, el panorama apunta a un internet ruso cada vez más encapsulado, donde el futuro de la mensajería independiente se vuelve incierto y mucho más difícil de sostener.