- La nomofobia y la adicción al móvil combinan un diseño tecnológico pensado para enganchar con necesidades emocionales como el aburrimiento, la ansiedad o la soledad.
- Un uso problemático del teléfono impacta en el sueño, la atención, el estado de ánimo, las relaciones sociales y la seguridad digital, generando un círculo vicioso de malestar.
- Reconocer señales como la ansiedad al estar sin móvil, la interferencia en el descanso o la vida social es clave para pedir ayuda y empezar a cambiar hábitos.
- Las terapias psicológicas, los cambios en la configuración del móvil y la sustitución por actividades presenciales son estrategias eficaces para recuperar un uso saludable.

Si alguna vez has sentido que no puedes soltar el celular ni un minuto, que te falta el aire cuando te quedas sin batería o que no disfrutas de un plan si no tienes el móvil encima, no estás solo. Vivimos pegados a la pantalla, y aunque lo justificamos con que lo necesitamos para trabajar, organizarnos o estar informados, la realidad es que muchas veces lo usamos por pura inercia emocional.
En los últimos años, psicólogos y expertos en tecnología han empezado a hablar cada vez más de nomofobia y adicción al móvil, dos caras de un mismo fenómeno: el miedo intenso o la dependencia desmedida a estar sin nuestro smartphone. Lejos de ser una simple costumbre moderna, este problema se relaciona con ansiedad, depresión, insomnio, baja concentración, aislamiento social e incluso con riesgos para nuestra privacidad y seguridad digital.
Qué es realmente la nomofobia y la adicción al móvil

La palabra nomofobia viene del inglés “no mobile phone phobia” y describe el miedo irracional a no tener acceso al teléfono móvil: porque se ha quedado sin batería, lo has olvidado, no hay cobertura o se ha perdido. Aunque aún no está incluida de manera oficial en manuales diagnósticos como el DSM o la CIE, la comunidad científica la estudia como una adicción conductual emergente ligada al uso problemático de tecnologías.
Cuando hablamos de adicción al móvil nos referimos a una dependencia excesiva y poco saludable del smartphone, donde la persona siente una necesidad casi compulsiva de usarlo: revisar redes sociales, contestar mensajes, ver vídeos, jugar o simplemente desbloquear la pantalla una y otra vez sin objetivo claro.
En muchos casos, la nomofobia y la adicción al móvil se solapan: quien es dependiente del celular suele experimentar un miedo intenso a estar sin él, y a la vez quien teme la desconexión acaba desarrollando un patrón de uso exagerado y difícil de controlar.
Los estudios señalan que se trata de un fenómeno muy extendido. Un metaanálisis de más de 50 investigaciones encontró que cerca del 90 % de los usuarios evaluados presentaba nomofobia en distintos grados, mientras que otras encuestas sitúan en torno al 50-60 % a las personas que se reconocen a sí mismas como “enganchadas” al móvil.
Todo esto ocurre en un contexto en el que hay miles de millones de smartphones en el mundo, muchas veces más dispositivos que habitantes. El teléfono ha pasado de ser una herramienta práctica a convertirse en mediador central de la vida social, académica, laboral y de ocio, lo que explica en parte por qué cuesta tanto separarse de él.
Por qué no puedes soltar el celular: factores que te enganchan
Aunque pueda parecer que el problema es “el móvil en sí”, la realidad es más compleja. El smartphone funciona como una solución rápida a malestares internos (aburrimiento, ansiedad, soledad, incomodidad), y además está diseñado para que quieras volver a él una y otra vez. Hay varios factores que se combinan.
La comodidad y el todo-en-uno permanente
En tu bolsillo llevas un aparato capaz de organizar tu agenda, entretenerte, permitirte trabajar, ligar, aprender, hacer deporte o contactar con casi cualquier persona. El móvil concentra el rol de cámara, agenda, consola, reproductor de música, GPS, bloc de notas, banco, correo y mucho más.
Con millones de aplicaciones disponibles, resulta muy tentador usar el móvil para llenar cualquier hueco del día: esperas en una cola, te subes al metro, te vas a la cama… y miras la pantalla. Ese poder para hacerte la vida más cómoda es real, pero también dispara el tiempo de uso. De hecho, los datos indican que la persona media pasa varias horas al día pegada al smartphone, a menudo muy por encima de lo que le resulta realmente útil o saludable.
El matiz está en que muchas apps integran funciones pensadas para que vuelvas continuamente: retos, recompensas, recordatorios, actualizaciones constantes. Esto hace que lo que podría ser una herramienta funcional se convierta fácilmente en un foco diario de distracción y dependencia.
El scroll infinito y los algoritmos que te conocen demasiado
Lo que empieza como un “echo un vistazo rápido y ya” suele terminar en un buen rato deslizando el dedo. Redes sociales, plataformas de vídeo o noticias han adoptado el modelo de flujo infinito de contenido: cuando llegas al final, automáticamente aparece algo más, y luego otra cosa, y otra más.
Detrás hay algoritmos que aprenden qué te gusta, cuánto tiempo miras un vídeo, en qué publicaciones haces clic, con quién interactúas. Con esa información van afinando el contenido que te muestran para que sea cada vez más atractivo para ti. El resultado es que pierdes la noción del tiempo con mucha facilidad, encadenando vídeo tras vídeo o post tras post, aunque ya hayas visto decenas de contenidos similares ese mismo día.
Plataformas como TikTok, Instagram o YouTube se apoyan en esta dinámica. Estudios recientes muestran que pasar más de una hora al día en formatos de vídeo corto es habitual, y muchas personas superan con creces ese tiempo sin apenas darse cuenta.
La gratificación instantánea y la dopamina social
Cada vez que subes una foto y empiezan a llegar “me gusta”, comentarios, mensajes o nuevas notificaciones, se activa tu sistema de recompensa cerebral. Ese sistema libera dopamina, un neurotransmisor vinculado al placer y al refuerzo de conductas.
La misma cascada de dopamina aparece cuando comes algo muy sabroso, compras algo que deseabas o consigues un logro en un videojuego. La diferencia es que el móvil permite recibir microdosis de ese “subidón” emocional casi sin esfuerzo, varias veces al día y a cualquier hora.
Este patrón de gratificación inmediata refuerza el hábito de revisar el teléfono constantemente: miras si hay algo nuevo, a veces no hay nada especial, pero otras veces sí encuentras una pequeña recompensa digital. Esa mezcla impredecible de resultados —como en las máquinas tragaperras— es justo lo que hace el hábito tan resistente.
Notificaciones constantes y miedo a perderte algo
Mensajes, correos, alertas de redes sociales, recordatorios de apps de deporte, noticias de última hora… Cada notificación funciona como un tirón de atención que te invita a desbloquear el móvil, incluso cuando no tenías intención de usarlo en ese momento.
En el plano emocional, aparece con facilidad el FOMO (fear of missing out o miedo a perderse algo): la sensación de que si no revisas enseguida, te perderás una información importante, un comentario, una broma en el grupo, una oportunidad… Aunque luego el contenido sea irrelevante, el impulso de mirar ya ha ganado.
Algunas notificaciones pueden, en teoría, fomentar hábitos saludables (por ejemplo, recordarte que hagas ejercicio o bebas agua; en otros casos puedes desactivar WhatsApp), pero en la práctica muchas solo alimentan el circuito de distracción y la búsqueda de dopamina rápida, volviéndote hipervigilante con el teléfono: lo miras incluso cuando no ha sonado.
Escapismo emocional: del vacío al deslizar
Otra pieza clave es el papel del teléfono como vía de escape ante emociones incómodas. Lo coges cuando estás aburrido, cuando te notas nervioso, cuando te sientes solo o cuando tienes por delante una tarea que no te apetece nada.
En lugar de sostener ese malestar unos minutos y afrontarlo, el móvil te ofrece una distracción inmediata y absorbente. Deslizas, miras vídeos, respondes mensajes y, durante un rato, no piensas en lo que te preocupa o en lo que te incomoda.
Algunas personas que han trabajado su relación con el móvil cuentan que el gran cambio llegó cuando dejaron de ver el teléfono como el problema y empezaron a preguntarse “qué necesidad estoy intentando tapar cuando lo cojo”. Muchas veces la respuesta gira siempre en torno a cuatro emociones: aburrimiento, ansiedad, soledad o evitación de alguna tarea o conflicto.
Cuando identificas el desencadenante real, es más fácil decidir un alternativa consciente: dar un paseo rápido si estás aburrido, escribir lo que te preocupa si te notas ansioso, mandar un mensaje sincero a un amigo si te sientes solo, o ponerte un temporizador de cinco minutos para empezar esa tarea que llevas posponiendo.
Síntomas de que tu relación con el móvil es un problema
No todo uso frecuente del smartphone es patológico. El punto crítico llega cuando el teléfono empieza a interferir en tu vida diaria, tu salud mental, tu descanso, tus relaciones o tu rendimiento académico y laboral. Hay una serie de señales de alarma que conviene tener muy presentes.
Conducta irrefrenable y aumento de la tolerancia
Un síntoma típico es sentir que usas el móvil mucho más de lo que te gustaría y que, aunque te propongas reducirlo, terminas fallando una y otra vez. Prometes “solo diez minutos” y acabas enlazando horas de scroll sin darte cuenta.
Con el tiempo, aparece algo parecido a la tolerancia en otras adicciones: necesitas cada vez más tiempo conectado para experimentar la misma sensación de alivio o de distracción. Lo que antes eran 15 minutos ahora se convierten en una hora, y si intentas acortarlo te sientes incómodo o inquieto.
Hipervigilancia, frustración y miedo a estar sin teléfono
Otra señal es la hipervigilancia constante hacia el celular: lo llevas siempre encima, lo pones sobre la mesa en reuniones, lo miras cada pocos minutos “por si acaso”, te cuesta apagarlo o dejarlo en otra habitación.
Cuando por cualquier motivo no puedes usarlo o se queda sin batería, notas frustración, nerviosismo, irritabilidad o incluso un miedo intenso a quedarte incomunicado. Aunque racionalmente sepas que no pasa nada grave, el cuerpo reacciona con síntomas de ansiedad, como si estuvieras ante una amenaza real.
Interferencia en el sueño y problemas físicos
El uso del móvil por la noche es uno de los temas más estudiados. La luz azul de la pantalla interfiere con la producción de melatonina, la hormona que regula el sueño, y además la activación mental constante dificulta que el cerebro “desconecte”.
Si te quedas en la cama mirando el teléfono hasta tarde, consultándolo cada vez que te despiertas o durmiendo con él pegado a la almohada, es muy probable que tu descanso se resienta: te cuesta conciliar el sueño, te despiertas más veces, sientes que no descansas bien y al día siguiente estás más irritable y cansado.
A nivel físico también pueden aparecer dolores cervicales, de espalda, de muñecas, fatiga visual y molestias musculares derivadas de pasar tantas horas en la misma postura y mirando una pantalla pequeña.
Aislamiento social y dificultades de comunicación
Paradójicamente, un aparato creado para comunicarnos puede alejarnos de las personas con las que compartimos espacio físico. Es muy frecuente ver comidas, reuniones familiares o quedadas entre amigos en las que cada uno está pendiente de su pantalla.
Si te descubres usando el móvil incluso mientras alguien te habla, preferiendo escribir mensajes antes que tener una conversación cara a cara o evitando encuentros presenciales porque “con el chat basta”, es probable que el teléfono esté afectando a tus habilidades sociales y a la calidad de tus vínculos.
En adolescentes y jóvenes, esta dinámica es especialmente delicada, porque las competencias sociales aún se están formando. Una dependencia excesiva del móvil puede frenar el desarrollo de habilidades como la empatía, la expresión emocional directa o la resolución de conflictos.
Problemas de concentración, memoria y rendimiento
Acostumbrar al cerebro a recibir estímulos breves, cambiantes y muy llamativos dificulta mantener la atención en tareas más largas o complejas. ¿Para qué leer un texto de varias páginas si puedes ver un vídeo de 20 segundos que te lo “resume” todo (aunque sea a medias)?
El resultado es que te cuesta más concentrarte en tus estudios, en el trabajo, en la lectura o en cualquier actividad que no ofrezca gratificación instantánea. Saltas de una cosa a otra, revisas el móvil en mitad de una tarea, pierdes el hilo con facilidad y tu productividad cae.
Además, al tener la cabeza puesta continuamente en el teléfono, la memoria reciente también se resiente: olvidas lo que te acaban de decir, te despistas con las citas, dejas cosas a medias. Todo ello alimenta la sensación de agobio y falta de control.
Qué hay detrás: causas psicológicas y contexto social
La adicción al móvil y la nomofobia rara vez aparecen de la nada. Suelen apoyarse en una combinación de factores personales (autoestima, ansiedad, habilidades sociales) y factores contextuales (familia, trabajo, cultura hiperconectada).
Autoestima frágil, inseguridad e identidad pegada al móvil
Muchas personas con problemas de dependencia tecnológica comparten un patrón: no se sienten del todo cómodas consigo mismas. El móvil se convierte en una especie de refugio o de escaparate en el que es más fácil mostrar una versión filtrada y controlada de uno mismo.
Los likes, los comentarios y la atención online pueden actuar como “parches” de refuerzo externo para alguien con autoestima baja. El problema es que ese refuerzo es volátil y depende de factores que no controlamos (el algoritmo, los horarios, la cantidad de gente conectada), lo que puede desembocar en más inseguridad y comparación social.
Algunos estudios han visto que hay usuarios que llegan a integrar el teléfono en su autoconcepto: sienten que forma parte de “quiénes son”. Cuanto más se identifican con su móvil, más lo usan y más intenso es el vínculo emocional, lo que hace mucho más difícil separarse de él.
Dificultades en las relaciones cara a cara
Otra causa frecuente es la ansiedad social o la timidez marcada. Para muchas personas, relacionarse por texto o por redes se siente más controlable y menos amenazante que una conversación en persona, donde entran en juego el tono de voz, la expresión corporal, las respuestas espontáneas…
En esos casos, el móvil actúa como escudo que amortigua el miedo a ser juzgado, rechazado o a “quedarse en blanco”. Sin embargo, esa aparente solución suele agravar el problema a medio plazo, porque cuanto menos practicas la interacción cara a cara, más difícil y estresante te resulta.
Problemas familiares, escolares o laborales
El teléfono también puede funcionar como vía de escape ante conflictos o malestares que no sabemos gestionar: tensiones con la familia, conflictos de pareja, dificultades en el trabajo, presión académica, sensación de fracaso personal…
En lugar de enfrentarte a esos problemas, te refugias en la pantalla, donde todo resulta más controlable y placentero a corto plazo. Pero el conflicto real sigue ahí, se complica y, al final, el tiempo pasado con el móvil se vuelve cada vez más absorbente para no tener que pensar en ello. Si te preocupa la situación con menores, es útil informarse sobre cómo controlar el móvil de mi hijo y establecer límites familiares.
Una cultura hiperconectada que normaliza el exceso
No podemos olvidar el contexto general: vivimos en una sociedad donde estar permanentemente disponible y conectado se considera casi obligatorio. Se espera que respondas rápido a los correos, que contestes mensajes al momento, que estés al día de todo lo que ocurre en redes y en la actualidad.
Además, muchas empresas tecnológicas basan su modelo de negocio en captar tu atención durante el máximo tiempo posible. De ahí el diseño de apps altamente adictivas, el scroll infinito, las notificaciones continuas y la ludificación de casi cualquier acción (puntos, rachas, recompensas, logros…).
Todo esto hace que poner límites al móvil no sea simplemente una cuestión de “fuerza de voluntad”, sino un desafío que va a contracorriente del entorno digital en el que estamos inmersos.
Consecuencias psicológicas, sociales y de salud
Cuando el uso del teléfono se vuelve problemático, las repercusiones se notan en varias áreas de la vida. Algunas son más evidentes, como el insomnio o los conflictos de pareja, y otras más sutiles, como un cansancio mental constante o la sensación de vivir en piloto automático.
Alteraciones del sueño, fatiga y problemas físicos
Quedarse despierto hasta tarde mirando la pantalla está directamente relacionado con dificultades para conciliar el sueño y para mantenerlo durante la noche. A esto se suma la costumbre de despertar de madrugada y revisar el móvil “por si hay algo nuevo”, lo que fragmenta aún más el descanso.
El resultado es una fatiga crónica: te levantas cansado, te cuesta concentrarte, te notas más irritable y con menos paciencia. A nivel físico, el sedentarismo asociado a largas horas con el teléfono también favorece dolores musculares, aumento de peso y problemas posturales.
Ansiedad, depresión y desequilibrios emocionales
Numerosos trabajos científicos han encontrado vínculos entre uso problemático del smartphone, síntomas de ansiedad y cuadros depresivos. No se trata solo de que la ansiedad lleve a usar más el móvil; el propio patrón de uso intenso alimenta el malestar.
Por un lado, el bombardeo de información, comparaciones constantes en redes y exposición a noticias negativas sobrecargan emocionalmente. Por otro, el hecho de dejar de hacer actividades que te nutren (salir, moverte, ver amigos, hobbies) en favor del móvil reduce tus fuentes reales de bienestar, creando un círculo vicioso.
Aislamiento social y conflictos de pareja o familia
Cuando el móvil se convierte en protagonista, las relaciones presenciales se resienten. Es fácil que aparezcan discusiones porque una de las personas siente que la otra “está más pendiente del teléfono que de mí”, o que familiares y amigos se alejen al sentirse ignorados o secundarios.
En pareja, este tipo de uso puede generar rupturas, celos, malentendidos y falta de intimidad. En el ámbito familiar, es habitual que surjan tensiones por el uso del móvil de hijos adolescentes, pero también por el de los adultos, que no siempre dan ejemplo de un consumo equilibrado.
Impacto en la atención, la memoria y el rendimiento
Como ya veíamos, el hábito de saltar constantemente de una app a otra entrena al cerebro para funcionar en modo disperso. A largo plazo esto se traduce en menor capacidad para sostener la atención, planificación deficiente, sensación de caos mental y aumento de errores en tareas que requieren concentración.
En estudiantes se ha observado que la dependencia del móvil se asocia con peor rendimiento académico, más suspensos y dificultad para seguir el ritmo de las clases. En el trabajo, los cortes continuos para revisar el teléfono reducen la productividad y aumentan el estrés, porque sientes que nunca terminas nada.
Riesgos para la privacidad y la seguridad digital
Cuando estás cansado, ansioso o con la cabeza en mil sitios, es más fácil cometer errores de seguridad online. Un uso compulsivo del móvil suele ir de la mano de comportamientos arriesgados como:
- Abrir enlaces o adjuntos sospechosos en correos o mensajes porque no te paras a revisarlos bien.
- Conectarte a redes Wi-Fi públicas sin protección, introduciendo datos sensibles.
- Reutilizar contraseñas en multitud de servicios por pura comodidad.
- Instalar aplicaciones de origen dudoso que prometen acceso gratuito a contenidos o funciones “milagrosas”.
Además, en hogares con menores, una relación poco saludable de los adultos con la tecnología puede normalizar el abuso de pantallas en los niños, exponiéndoles a riesgos adicionales si no hay supervisión ni herramientas de control parental adecuadas.
Cómo saber si necesitas ayuda profesional
No siempre es sencillo reconocer que se nos ha ido de las manos, porque el uso del móvil está tremendamente normalizado. Aun así, hay algunas preguntas que pueden orientarte:
- ¿Sientes que el teléfono te da poder, seguridad o confianza que no tienes sin él?
- ¿Lo llevas siempre contigo, incluso a lugares como el baño, y te cuesta separarte de él ni un segundo?
- ¿Te descubres mirándolo todo el rato aunque estés con otras personas, sin prestarles verdadera atención?
- ¿Interrumpes tu sueño para revisar si han llegado mensajes o notificaciones?
- ¿Duermes menos de lo que deberías porque te quedas hasta tarde con el móvil?
- ¿Te angustia la idea de que se quede sin batería, se pierda o no haya cobertura?
Si te ves reflejado en varias de estas situaciones, es bastante probable que exista una adicción al móvil o que estés muy cerca de ella. En esos casos, el apoyo de un profesional de la psicología puede marcar la diferencia, sobre todo si ya hay otros problemas asociados como depresión, ansiedad, dificultades de pareja o conflictos familiares.
Enfoques de tratamiento y estrategias basadas en la evidencia
La buena noticia es que la adicción al móvil y la nomofobia tienen tratamiento. No se trata solo de “tirar el teléfono a la basura”, sino de reaprender a relacionarte con la tecnología y contigo mismo, abordando tanto los hábitos externos como las necesidades emocionales internas.
Terapia cognitivo-conductual y otras intervenciones psicológicas
La terapia cognitivo-conductual (TCC) es uno de los enfoques más utilizados y con mejores resultados en el tratamiento de adicciones comportamentales, incluida la adicción a las nuevas tecnologías.
En este tipo de terapia se trabaja de forma estructurada sobre varios aspectos:
- Registrar el uso real del teléfono mediante diarios o aplicaciones de monitorización para tomar conciencia.
- Modificar pensamientos distorsionados del tipo “si no contesto enseguida se enfadarán”, “me pierdo todo si no estoy conectado”, “sin el móvil no soy nadie”.
- Exposición gradual a situaciones de desconexión (por ejemplo, dejar el móvil en otra habitación durante periodos cada vez más largos) para reducir la ansiedad asociada.
- Entrenamiento en control de impulsos y manejo del tiempo, aprendiendo a retrasar la respuesta automática de coger el teléfono.
- Sustitución de conductas: introducir actividades alternativas gratificantes (deporte, hobbies, relaciones presenciales) en los espacios que antes llenaba el móvil.
En algunos centros se complementa la TCC con herramientas como EMDR, hipnosis clínica o técnicas de liberación emocional, orientadas a trabajar traumas previos, bloqueos inconscientes o emociones muy arraigadas relacionadas con la dependencia.
Programas de “empujoncitos” y pequeñas modificaciones del entorno
Investigaciones recientes han probado programas de intervención basados en “nudges” o empujoncitos: pequeños cambios en el entorno y en la configuración del móvil que hacen que usarlo de forma compulsiva sea un poco más difícil y menos gratificante.
Algunas medidas que han mostrado utilidad son:
- Dejar el teléfono fuera del dormitorio o, al menos, lejos de la cama.
- Guardarlo en otra habitación mientras estudias o trabajas, de modo que tengas que levantarte para usarlo.
- Reducir al mínimo las notificaciones, activando modos como “No molestar” o desactivando sonidos y vibraciones para muchas apps.
- Pasar la pantalla a escala de grises, eliminar accesos directos a redes sociales del inicio o poner códigos de desbloqueo más largos para añadir fricción.
- Usar apps de control del tiempo de pantalla que bloqueen temporalmente aplicaciones especialmente adictivas o limiten su uso diario.
La clave, según muestran los ensayos clínicos, es que cuantos más métodos combinados utilices, más probabilidades tendrás de reducir de forma estable tu dependencia. No basta con instalar una app y olvidarse; hay que comprometerse con el proceso.
Movimiento, naturaleza y actividades sustitutas
Otro bloque de intervenciones se centra en llenar los huecos que antes ocupaba el móvil con experiencias físicas reales: deporte, paseos, actividades al aire libre, quedadas con amigos, talleres, lectura, música… Lo que sea que te conecte con la vida lejos de la pantalla.
Estudios con población universitaria han demostrado que sustituir parte del tiempo de móvil por ejercicio físico no solo reduce la dependencia, sino que mejora el estado de ánimo, disminuye la ansiedad y la sensación de soledad.
Además, pasar tiempo en la naturaleza ayuda a resetear en cierto modo el sistema nervioso, rebajando el nivel de sobreestimulación que produce la hiperconexión continua.
Educación digital, familia y límites compartidos
En el caso de niños y adolescentes, la solución pasa inevitablemente por implicar a la familia y promover una educación digital consciente. No sirve de mucho prohibir sin más si los adultos del entorno dan un ejemplo contrario.
Algunas pautas útiles son:
- Establecer horarios claros y zonas libres de pantallas (comidas, horas de estudio, dormitorio).
- Hablar explícitamente sobre riesgos de un uso excesivo: sueño, notas, relaciones, salud mental.
- Fomentar actividades presenciales en grupo (deporte, juegos de mesa, excursiones) que compitan con el atractivo del móvil.
- Utilizar herramientas de control parental que limiten el acceso a contenidos o apps inapropiadas y el tiempo diario de uso.
En casos más severos, puede ser necesario añadir tratamiento psiquiátrico para abordar trastornos de base (como ansiedad o depresión) que estén alimentando la dependencia, siempre bajo supervisión profesional.
Mirado con un poco de perspectiva, el hecho de que no puedas soltar el celular no significa que haya algo “defectuoso” en ti, sino que vives en un entorno especialmente diseñado para captar tu atención y al mismo tiempo estás usando el móvil para cubrir necesidades emocionales reales. Poner orden en esa relación implica combinar cambios externos (configuración del teléfono, límites, actividades alternativas) con un trabajo interno de autoconocimiento y regulación emocional, y si hace falta con ayuda profesional, para que volver a mirar la pantalla pase de ser un impulso incontrolable a una elección libre y consciente.
